Pequeño Pushkin
>“Yeats trató de aprender esgrima alos cuarenta y cinco años. Tiraba el floretecomo una ballena. A veces daba laimpresión de ser más idiota que yo mismo”.Ezra Pound
A Alejandro Rossi
Soy un hombre de acción, me gustan las aventuras. Desde pequeño lo supe: los safaris, los viajes en globo, las tormentas en alta mar, la lucha contra el tiburón, los disfraces del agente secreto, el fuego de las metralletas, el morir por una causa justa o una mujer hermosa, regularían cada uno de mis actos, mi vida entera.Cosa de risa, si se quiere: gordo como soy, y bajo de estatura, mi imagen no es precisamente la de un aventurero.Mi editor tiene razón. Los lectores se desilusionarían si llegaran a conocerme; y si quiero continuar en la lista de best-sellers, debo ocultarme, evitar que me conozcan. No asisto a conferencias o presentaciones literarias. La editorial se encarga de mantener mi identidad secreta y de contestar los cientos de cartas que a la semana recibo por parte de mis admiradores.Por supuesto, no falta quien, deseoso de conocerme, se las ingenie para conseguir mi dirección, mi teléfono.Sucedió con Natalia.Ya he dicho que estoy gordo. Me gusta comer y lo hago a todas horas. Quiero decir, mientras escribo. Una compulsión, como le llaman los médicos, feliz a mi modo de ver, que comenzó cuando era niño.Por aquel entonces, recluido en cama por mi naturaleza frágil y enfermiza, mi querida mamá, al tiempo que procuraba alimentarme con deliciosos y nutritivos manjares, se esmeraba también en leerme, una tras otra, novelas de aventuras. Tenía la idea, educada en un ambiente militar -con mi padre y mi abuelo, los dos excelentes deportistas y soldados, muertos en la Segunda Guerra-, que su hijo llegaría a convertirse en un hombre fuerte y valeroso, tanto o más como lo habían sido ellos.No se equivocó, por lo menos en parte. De ese niño débil que fui, mis aventuras son hoy conocidas en el mundo entero y mi nombre es sinónimo de acción o de suspenso.Soy escritor. Una variante que si bien mamá no esperaba, terminó por aprobar y mirar con orgullo: escribo y soy famoso, eso le gusta. Pero al tiempo que avivó en mí la sed de aventuras, despertó también mi muy especial apetito. Ahora no puedo escribir sin comer. De ahí mis veintitrés novelas y, claro, mis ciento ochenta kilos de peso.Desde que mamá cayó enferma, sin embargo, las cosas han cambiado. Paralítica como está, víctima de esa embolia que por poco le cuesta la vida, no puede cocinar; yo, en consecuencia, no escribo. Una tragedia nacional, al decir de mi editor. Pensamos rápido; lo primero que se nos ocurrió fue “restaurantes”. Pero esta idea, que en el fondo era buena, tenía sus inconvenientes. El servicio a domicilio era simplemente desastroso: acostumbrado a la sazón de mamá no me gustaban los platillos, o lo que es peor, los comía fríos; y si acudía personalmente, la clientela no dejaba de murmurar: “Mira a ese gordo que escribe y escribe”, con el peligro, que aterraba a la editorial entera, de llegar a ser descubierto.Pensamos en otra solución: una cocinera. Una cocinera que resultó Natalia.Ella siempre lo negó. Estoy seguro, sin embargo, que supo con quién trabajaría y que hizo hasta lo imposible por ganarse ese puesto. Qué casualidad, me digo, que profesara tal admiración por mis novelas. Las había leído no una sino dos, tres veces, y se moría por conocerme. El primer día se mostró discreta y reservada; después, impaciente, comenzó con las preguntas: que si era alto, bien parecido, que cómo lo conocí, que si estaba de viaje, que si regresaría pronto y que cuánto tiempo tenía yo de ser su secretario.Eso pensaba de mí.Cuando le dije la verdad, por poco y se va de espaldas.Pensó que la engañaba. Se negaba a creer que ese “gordo-enano”, como me llamó, fuera el mismo autor de Furia en Tanganyka o de novelas tan renombradas como Aventuras en la capital del hielo y El misterioso personaje de la calle Norte. Me imaginaba viril y bien parecido. Insistía en saber dónde estaban los trofeos y las medallas que debían decorar la casa, o en cómo había cicatrizado la herida que suponía en mi espalda por el zarpazo de Killer, el tigre de Bengala, el mismo que había atacado a Richard Roundtree en Camino a Bombay, la última y más gustada de mis novelas.La escuché fascinado y ofendido. Me fascinaba que tal interés despertaran mis novelas y me ofendía que me creyera incapaz de escribirlas. Sé que hice mal, en esos momentos, por no haberla despedido. Me hubiera ahorrado molestias y dos o tres explicaciones. Pero Natalia, además de excelente cocinera, cuidaba bien de mamá. Eso la salvó… por lo menos un tiempo. Y, aunque ofendida, sintiéndose engañada, tampoco quiso renunciar. Primero, con la esperanza de ver cruzar por la puerta al apuesto escritor que esperaba, y después, convencida de mis palabras, por el orgullo que representó saber mi misterio.Así pasaron los meses: Natalia, feliz de leer antes que nadie mis aventuras, y yo, primer lugar en ventas, más gordo y contento que nunca.Un buen día, sin embargo, sucedió lo inevitable.A Natalia se le ocurrió decirme:-Escribirías mejor si, en lugar de imaginarlas, vivieras en carne propia tus aventuras.Una idea absurda, me pareció. Se lo dije pero no hizo caso. En vez de eso, preguntó misteriosa:-Tu próxima novela, ¿de qué va a tratar?-Es de capa y espada -respondí inocente.-¿Y sabes montar a caballo?-No.-¿Esgrima?-Tampoco.Natalia pareció decir: “Lo sospechaba…”. Sentenció:-Pues vas a aprender. De eso me encargo.¿Qué hubiera pasado si en lugar de capa y espada mi novela hubiera sido de ciencia-ficción y naves intergalácticas? No lo sé. El caso es que se puso en huelga de cocina y tres días, no más, aguanté sin su comida. Al cabo de ese tiempo había encontrado un maestro de esgrima con el que, me amenazó, comenzarían mis clases.-¡Imagínate lo mucho que se enriquecerá tu novela!Para mí era una tontería. Pero era eso o quedar hambriento. Así que con el estómago vacío, derrotado, me vi forzado a tocar a las puertas de esa Academia y conocer a Georges, mi maestro de esgrima. Un hombre musculoso y de cintura breve, que vestía de negro y blandía un florete en la mano. Abrió la puerta de golpe, como enojado:-¿Quién carambas…? -comenzó a decir. Después suavizó la voz y se quitó la careta. “Madame, prier de m’excuser”, hizo una reverencia y le besó la mano a Natalia. Ella enrojeció de inmediato. “Practicaba un poco”, explicó el maestro. Tenía unos bigotes largos y puntiagudos, que no cesaba de afilar con delicadeza. “Hay que estar en forma”, agregó, “por lo que pudiera ofrecerse”. Se inclinó hacia Natalia, y justo cuando creí, y ella también, que iba a besarla, Georges dio un rápido salto hacia atrás, se puso en guardia y comenzó a repartir estocadas que acompañaba con un touché! o un merde!, según le fuera en su imaginario combate.Natalia, emocionada, casi aplaudía. Yo, molesto y con hambre, saqué una galleta de mi bolsa y la engullí de un bocado.Cuando al fin se cansó, Natalia pudo explicarle el motivo de nuestra visita.Georges pareció no entender; tomó a Natalia de la cintura y la llevó aparte:-¿Quieres decir que…? -insinuó, sin dejar de señalarme.Natalia, embobada, dijo sí.La carcajada de Georges resonó por toda la Academia. A mis oídos llegaron frases como: “Es una broma”, “No lo puedo creer”, “Imposible, con esa panza…” Atrajo a Natalia contra su espigado cuerpo y preguntó, con seductora sonrisa:-Cariño, ¿por qué no mejor lo mandas al demonio y te quedas conmigo?Natalia me sorprendió:-No puedo, es mi marido…Con la boca llena de galletas me fue imposible protestar.Georges, en cambio, pareció interesarse:-Tu marido, ¿eh? -sonrió burlón e intrigante-. Bien, si eso quieres: le daremos una lección al gordito.¡Vaya que me la dio!Pasé una semana en cama, por completo adolorido; lo peor, sin poder escribir.Natalia, que me miraba como si la hubiera salvado de algún peligro, se esmeraba en animarme:-No te preocupes -decía-, que es apenas el principio.¿El principio? Ni soñarlo. El asunto para mí estaba concluído. No volvería a hacerle caso y mucho menos a poner un pie en esa Academia de Esgrima. Bastante había soportado a Georges, sus ejercicios, sus burlas.No, jamás volvería a verlo.Pero Georges, el difunto Georges, tenía otros planes:-¡Hola! -se apareció un día en mi propia casa-. ¿Cómo sigue el enfermito?Su voz, que llegué a odiar, era dulce y melosa, lo mismo que sus maneras; por supuesto, en presencia de Natalia, porque cuando ella nos dejaba solos, no dejaba de insultarme:-No aguantas nada, panzón, gordo-cerdo-pedazo-de-cacho-de-rebanada…O bien:-Eres una bola de grasa inmunda, ¿lo sabías, escritorcito?Aquel día se despidió:-A ver cuándo vas a la Academia por otra leccioncita… y a bajar unos cuantos kilos, que te sobran por todas partes.Atendí a su invitación un mes después, aunque por otros motivos. Fue Natalia, la que entusiasmada con Georges, aceptó empezar de inmediato con las lecciones:-Voy a tirar -me decía, con la expresión común en el argot de la esgrima.Más que a tirar, iba a que se la tiraran…Sus ausencias se hicieron cada vez más frecuentes y prolongadas. Faltaba a sus labores y no nos daba de comer ni a mí ni a mi mamá. Llegó al extremo de decir: “Compras en el súper lo que necesites…”Lo peor, sin embargo, estaba por venir.Georges, que para ese entonces entraba y salía de mi casa cuando le viniera en gana, un buen día me saludó:-Hola, pequeño Pushkin…Después agregó:-Natalia es mía, pequeño Pushkin…Yo no entendí nada.Si me veía comer, alejaba la charola de los pasteles. Decía:-No comas tanto; por eso estás como estás: gordo, pequeño Pushkin…Si me veía escribir, lo mismo:-¿Qué escribes? ¿Otra de tus novelitas, pequeño Pushkin?Pushkin, Pushkin, Pushkin para todo. ¿Por qué?Natalia explicó:Georges leyó que a Pushkin, el escritor ruso de aventuras, lo había matado un francés de nombre Georges no-sé-qué, en un duelo por el amor de la esposa de Pushkin, que para colmo se llamaba Natalia.En su cerebro de hormiga todo coincidía: él era el famoso duelista, yo Pushkin y Natalia, claro, el motivo de nuestra discordia.A mí me parecía un absurdo. Ella estaba fascinada. Llegó a preguntarme:-¿Serías capaz de batirte en un duelo por mí, como Pushkin?Pensé en sus pasteles, en sus guisos, estuve a punto de decirle que sí, pero me detuve. Recapacité: cocineras había muchas; si quería a Georges, que se largara con él. Esa fue mi respuesta.Natalia, lloriqueante, salió de casa jurando no volver nunca.Al día siguiente, sin embargo, aún sin animarme a contratar a una nueva cocinera o regresar a los restaurantes, terminaba de alimentar a mi pobre mamá cuando Natalia y Georges irrumpieron en la recámara.Georges, de rigurosa etiqueta, se plantó desafiante; Natalia, solemne, me entregó una tarjeta:-Georges te reta a duelo. Mañana a las cinco en la Academia…Balbucí asombrado y temeroso:-No, no entiendo… ¿Qué pasa?-Un duelo -recalcó Georges-. Por el amor de Natalia.-¡Tonterías! -dije sin pensarlo.Claro, sucedió lo inevitable.Georges me abofeteó con sus guantes. Me llamó “¡Cobarde!” Agregó: “Mañana a las cinco, pequeño Pushkin”, dio la media vuelta y desapareció llevándose a Natalia.Nada hubiera sucedido, nada en verdad, si mamá no hubiera estado presente. Pero ahí estaba. Lo vio todo, y aunque no podía hablar ni moverse, supe por cierto brillo en su mirada lo que había sentido ante tamaña ofensa. Había escuchado cómo me llamaban cobarde. Ella, que toda su vida había luchado por hacer de mí un valiente…Puntual, acudí a la cita.Georges, para mi sorpresa, me recibió con evidentes muestras de afecto:-Pasa, pequeño Pushkin, pasa…Natalia, en cuanto me vio, se echó en mis brazos:-¡Sí viniste! ¡Cuánto me alegra verte! -exclamó.Yo, sin comprender, traté de apartarla.-Vengo a un duelo -les recordé. Ambos se rieron.Georges, burlón como siempre, le guiñó un ojo a Natalia, tomó dos floretes y me ofreció uno.-¿Un duelo? -preguntó-. Bien, pequeño Pushkin, tú lo pides y aquí lo tienes: ¡En guardia!Tiró mi florete al piso, y cada vez que yo hacía el intento de recogerlo, lo pateaba fuera de mi alcance.-¿Qué te pasa, pequeño Pushkin?Le pedí, cortés, que no me llamara así.-¿Que no te llame cómo? ¿Pushkin? ¿No te gusta ese nombre? Demuestra que no lo eres. Anda, ponte en guardia. Pushkin, Pushkin… -repetía y me golpeaba el cuerpo con el florete.No pude más.De la bolsa de mi abrigo saqué una de las dos Berettas que llevaba para el duelo y le disparé en pleno pecho.-¡Trágate esto! -grité, como Joe Snake, el villano de Cuando la selva lanzó alaridos.Aún tuvo tiempo de decir:-No, Pushkin, no -antes de caer sobre la dura y pulida duela del gimnasio, con una cara de asombro que era para mí como un trofeo.-Pushkin murió de un balazo -expliqué.Pero Georges, que acaso se hubiera sorprendido, no escuchaba.Quedó por completo despatarrado, ridículo en su traje de payaso, recargado sobre su hombro derecho y con los brazos grotescamente doblados por el peso de su propio cuerpo. Los ojos, que quedaron abiertos, miraban incrédulos algo en el piso; su rostro, con el puntiagudo bigote apuntando hacia abajo, tenía un aire triste, como desolado. Parecía, con el florete entre las piernas, que con él se hubiera tropezado. Sólo esa mancha roja a mitad del pecho delataba lo que en verdad había sucedido.Lo vi moverse, o quizá sólo fue mi imaginación, y le disparé una vez más: frío, calculador, con la experiencia que da la práctica literaria.Natalia, que hasta ese momento había permanecido petrificada, estalló en sollozos:-¿Qué hiciste? ¿Qué hiciste? -repetía histérica y desencajada.La hubiera perdonado pero terminó por confesar:-Era una broma. Queríamos jugarte una broma…¿Una broma? No podía llegar con mamá y decirle: “Fue una broma”.Le disparé hasta agotar la carga.-¡No! -gritó con las manos por delante-. ¡No lo hagas!Demasiado tarde.Cayó, cual pesada era, a un lado de Georges.-Finitum est -dije, como el asesino culto de La enciclopedia del terror.Soplé al cañón de la pistola y la guardé en la bolsa de mi abrigo.Como tenía hambre, me fui a cenar.
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