Lágrimas en Coyuca
>Lo he escrito en algún libro mío: la muerte se equivoca y se lleva a los que amamos. Sucedió con mi madre. ¡Un año ya desde su fallecimiento! Qué rápido y qué terrible. La extraño mucho. La necesito. Converso con ella. Quisiera darle un beso, acariciar sus cabellos. Me gustaría escuchar su voz. Me encantaría volverla a ver, como si regresara de un viaje. No se puede, y es doloroso, tristísimo. Hace un año desde que besé por última vez su mejilla. Hace un año que la velamos e incineramos y que lloro sin que nadie me vea. Hace un año que esparcimos sus cenizas en Acapulco. Hace un año que prometimos regresar cada aniversario de su muerte a este puerto para recordarla, festejarla, agradecerle haber sido una madre estupenda, la mejor. Con ella se confirma aquello de que como Dios no puede estar en todas partes inventó a las madres (o viceversa: como las madres no pueden estar en todos lados inventaron a Dios). Fue una mujer buena, trabajadora, honesta, amorosa, bella, que ocultó muy bien con su sempiterna sonrisa las angustias propias de la existencia. Aún ante la proximidad de su muerte mostró una entereza que admiro y que espero copiarle algún día. Así la recordamos, con esa fuerza, esa sonrisa, un año después, en su querido Acapulco, a pesar de que los días nublados y lluviosos parecían reflejar nuestra tristeza y también la de ella. Una vez que comía a solas en un restaurante junto a Caleta me encontré con la actriz Sandra Boyd, famosa por su inteligencia, belleza y espíritu subversivo, a pesar de haber actuado en películas de luchadores y de Viruta y Capulina. Le conté el motivo de mi visita. Ella, que hizo de Acapulco su hogar hace décadas, ha arrojado muchas cenizas de familiares y amigos en las aguas de la Roqueta. Quería ser incinerada pero compró en el panteón La Luz un espacio entre la tumba de Johnny Weissmuller y la de su doble. “Te imaginas: muerta, y en compañía de esos dos galanes”. El domingo voy a la laguna de Coyuca con la familia. A mi madre le gustaban los camarones que prepara don Emigdio en la isla La Montosa. Comemos y bebemos a su salud. De regreso, en la lancha que nos lleva a tierra firme, nos pesca una fuerte lluvia. Hay algo de euforia aventurera en mojarnos hasta los huesos, pero también de llana e infinita tristeza. Mi padre parece contento de esa sensación que nos remite a estar vivos pero recuerda a mi madre, que ya no está entre nosotros. Creo que llora, pero el llanto se confunde con la lluvia que azota su rostro de viudo.
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