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Las rejas de Chapultepec

Ya no hay trenecito. La estación es ahora una tienda que vende camisetas y dinosaurios. Continúa la placa en mosaico que me trae buenos recuerdos y maduros reproches: “Niño: fíjate bien que esta estación es de una sola pieza. Aquí no hay juntas porque no fue construida de piedra sino moldeada en concreto. Esta estación durará muchos siglos porque el concreto se hace de cemento. Cuando seas grande tus palacios los harás de concreto”. Yo no tengo palacios. Inquieto e indisciplinado como he sido, ni casa ni departamento tengo. He jugado mal mis canicas, pienso, mientras me abro paso entre la multiplicada humanidad que domingo a domingo invade Chapultepec. Hace mucho que no paseo por su bosque, sus calzadas. Recuerdo heroicos días de pinta plagados de tochito y primeros besos a adolescentes vagabundas. Días de remar, con la familia o las primeras novias, y de cruzar -a la manera de un pasamanos- el túnel que une sus dos lagos. Hoy el túnel está cerrado y lleno de basura. En las orillas la gente pesca. Peces mutantes, supongo, pues cómo sobrevivir en esas aguas contaminadas. No alcanzo a ver, entre las tupidas copas de los árboles, la estatua que coronaba una de las islas, aunque sí pienso en los versos de Marinetti: “un automóvil en movimiento es más bello que la Victoria de Samotracia”. Acaso lo repetían los porfiristas miembros del Club del Automóvil en lo que hoy es la Casa del Lago, cerrada por restauración. Por ahí debe rondar el fantasma de Juan José Arreola. De este lado rondan familias enteras y vendedores ambulantes. Huele a humanidad. Una humanidad que en compacta y anónima masa se abre paso por entre los puestos de comida y la basura para llegar al zoológico. Algunos, llenos de infantil ternura, van de inmediato con los osos panda. Otros comparan la risa de alguien con la de las hienas o a la suegra con el hipopótamo, o caballo de río, como informan los letreros patrocinados por compañías de cereal. Hay gente y más gente. Gente por todos lados. Chapultepec es muchedumbre y paseo obligado. Destino nacional de millones y millones. Aquí está, apretujada, una porción de la patria que se acerca, más que a ver a los leones o a los osos polares, a formar parte de esta peregrinación que algo tiene de turismo y religión. Nezahualcóyotl, su fundador, no imaginó tan devota afluencia. O que Viruta y Capulina cantaran “las rejas de Chapultepec”. O a Yuri y su “pequeño panda, aún no anda”. O que alguien lamentara su incapacidad de construir palacios. Y, claro, la ausencia del trenecito.

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