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La ciudad más peligrosa del mundo

Una novela de Georges Simenon me hace recordarlo. Se trata de Barrio negro, una más de las ¿300? ¿400? ¿500? que escribió este escritor francés, tan admirado por André Gide. El protagonista, el ingeniero Dupuche, se queda de pronto sin trabajo, varado en Panamá. Sin saber que la empresa que lo contrató se ha quedado en bancarrota, se hospeda en el Jorge Washington, un hotel caro y elegante. Lo describe en medio del calor tropical de la ciudad, al fondo de un parque de cocoteros: “una escalinata, columnas, un hall inmenso y fresco”. La descripción es escueta pero acertada. Me hospedé ahí hace algunos años. El inmueble conoció tiempos de esplendor que no me tocaron. Aún así era imponente en su arquitectura con visos coloniales. Se encuentra en Cristóbal, en el extremo Atlántico del Canal de Panamá. Es la zona bonita, situada en la parte antiguamente dominada por los norteamericanos. A un lado está Colón, la ciudad más peligrosa del mundo. Las mismas guías turísticas lo advierten: no es recomendable pasear por sus calles. Si lo hace, hágalo en un taxi, a no ser que le agrade la idea de ser robado. Uno de mis recuerdos de Colón es ése, el de una constante sensación de inseguridad, sólo comparable a una estancia en Kingston, Jamaica. Los temas de conversación giraban precisamente alrededor de la forma como los visitantes habían desoído las advertencias y habían sido asaltados a punta de amenazas, golpes o armas. Muchos de mis compañeros de viaje regresaron sin dinero y con una palidez de reciente susto tras aventurarse al mercado o por sus transitadas calles. Una vez que caminaba por el malecón un jeep con soldados de las Fuerzas de Defensa Panameñas se detuvo a mi lado. Un oficial se apeó y comenzó a regañarme. Señaló a dos hombres que se alejaban corriendo. Dijo, más que convencido, engreído: lo iban a asaltar. “No salga del hotel a no ser que quiera llevarse un lindo souvenir en forma de cuchillada”, advirtió y picoteó con su dedo mi vientre. No se me olvida su rostro entre burlón y prepotente. En otra ocasión, también en Colón, intenté flirtear con una mujer hermosa. Fue en el bar del club de yates. Se despidió y me ofrecí a llevarla. “Es la ciudad más peligrosa del mundo, necesitas un guardaespaldas”, informé coqueto. La mujer, acostumbrada a los piropos, no hizo caso. Se alzó de hombros y dijo: “no te preocupes, ya estoy hecha a los peligros de la ciudad. Además, me acompañan mis dos amigos”. ¿Quiénes? No había nadie a su lado. Hizo una mueca divertida, abrió su bolsa y sacó una pistola. Eran sus dos amigos: Smith and Wesson.

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