El más grande
>El bocón, le llamaban. No sólo era bueno en el ring sino también con la palabra. Se las daba de poeta y componía versos épicos y delirantes sobre la forma de noquear a un adversario.
Sabes que soy malo.He asesinado rocas,herido piedras y mandado al hospital a un ladrillo.Soy tan malo que enfermo a la enfermedad.Soy tan rápido, hombre,que puedo correr a través de un huracán sin mojarme.
Frases como “soy joven, hermoso, rápido y nadie me puede vencer”, provocaron lo mismo admiración que animadversión. Su fama de fanfarrón sólo era opacada por la calidad de su boxeo, distintivo, moderno, contundente. Era como ver a un peso completo convertido en bailarina de ballet. Nunca se mantenía quieto. Si la ortodoxia ordenaba mantener la guardia siempre arriba, él bajaba los brazos en actitud relajada, indefensa y por supuesto desafiante. “Golpéenme, a ver si pueden”, era el reto. Algunos caían en la tentación, sólo para encontrarse con la mandíbula demolida por el uno-dos de sus poderosos puños. Él mismo definió su estilo: “volar como una mariposa y picar como una abeja”.
El espectáculo casi clauneril de la insolenciaCassius Marcellus Clay Jr., el más famoso de los pugilistas de la historia, nace el 17 de enero de 1942 en Louisville, Kentucky. Según su madre, en sus primeros balbuceos repetía las letras “G, G”, porque auguraba sus triunfos en los Golden Gloves o Guantes de Oro del boxeo amateur. No fue un buen estudiante. “Dije que era el más grande, no el más inteligente”, bromeó con respecto a sus pobres calificaciones. Hubiera sido un pintor de brocha gorda, a no ser porque a los doce años un grandulón le robó su bicicleta. Se quejó ante un policía, Joe Martin, quien trabajaba también como instructor de boxeo, y le sugiere aprender a defenderse. Es el comienzo de una carrera fulgurante. Ágil, fuerte, ávido de triunfo, es el clásico ejemplo del boxeador que une rencor social y hambre a la hora de golpear a sus adversarios. El pugilato como escalera social, como forma de salir de la sombra, la opresión y la pobreza. Su primer triunfo, precisamente, ocurre durante una pelea callejera, que lo separa de los que bajan la cabeza y aceptan las vejaciones. Nunca más le robarían nada. Es el nuevo chico maravilla del “arte de desmadrarse entre las doce cuerdas”, como diría Ricardo Garibay. Su trayectoria amateur finaliza espectacularmente, con la obtención de la medalla de oro en peso ligero en los Juegos Olímpicos de Roma. Angelo Dundee, viejo lobo del deporte de las trompadas, ve en él madera de campeón y lo acoge bajo el signo de sus mañas como entrenador. De 1960 a 1963 hila 19 victorias en los encordados, quince de ellas por la vía de la anestesia, el knock-out.Es un peleador nato, decidido y, además, con un alto sentido de la autopromoción. Al indudable punch de sus puños une el espectáculo casi clauneril de la insolencia, la arrogancia, la palabrería desmedida. “Soy el Elvis Presley de los boxeadores”, afirma. A los 22 años disputa el campeonato mundial de los pesos completos a Sonny Liston, a quien no deja de insultar. Se burla de él llamándolo Oso Feo y pronostica su triunfo gracias a su habilidad de manos y piernas: “Los puños no pueden golpear lo que los ojos no pueden ver”. La pelea, pactada el 25 de febrero de 1964, se desarrolla en medio de un clima de enorme expectación, debido a los dimes y diretes previos. La esquina de Liston recurre a todo tipo de artimañas como, por ejemplo, untar una sustancia enceguecedora en sus guantes, en un intento por detener lo inevitable. En el séptimo round todo está decidido. Liston no sale a pelear y Clay se corona. Un año después, durante la revancha, lo volvería a vencer, mandándolo a la lona. La foto no miente: el arrogante boxeador ve con furioso desdén a su adversario. Le dice repetidamente: “Soy el campeón”. Y se autoproclama: “Soy lo más grande que ha existido y no puedo ser humilde”. En una entrevista afirma: “Yo estremezco al mundo. Soy el astronauta del boxeo. Joe Louis y Dempsey sólo eran pilotos de prueba. Yo soy mi propio mundo”. En un vuelo le piden abrocharse el cinturón de seguridad: “Superman no necesita de eso”, contesta altanero. “Pues Superman tampoco necesita de un avión para volar”, le responde la aeromoza.
Antes éramos reyesSu carrera boxística es impresionante. Tuvo en su haber muchas peleas del siglo, entre ellas con Joe Frazier, de quien obtuvo su primera derrota, con Ken Norton, de la que salió con una mandíbula fracturada, y la del 30 de octubre de 1974 en Kinshasa, Zaire, contra George Foreman. Sus peleas, sin embargo, no se dieron únicamente en el ring. Hay que recordar que la arrogancia de Clay no era bien vista por el establishment wasp de los sesenta. En una época de profundo cambio social, este joven iracundo era visto como un peligro para aquellos que pugnaban por mantener la discriminación racial imperante. La lucha por los derechos civiles y la igualdad de las garantías y libertades sociales no le fue ajena este campeón. Se adhirió al movimiento de Malcolm X, de quien recibió el nombre de Cassius X, para despojarse así de su apellido de esclavo. Es una década que ve en África la afirmación de sus raíces. Ahí eran reyes, como en el título de un documental de 1996 sobre su pelea con George Foreman, y no esclavos como en Estados Unidos. Clay abandonó la religión impuesta por sus amos esclavistas y se adhirió al Islam. No sólo eso, también cambió su nombre al de Muhammad Alí. Fue un escándalo mayúsculo. Muchos periodistas se negaron a llamarlo de esa manera. El escándalo continuó en 1967, cuando Alí se negó a servir en la guerra de Vietnam. Vale la pena recordar sus palabras:“¿Por qué me piden uniformarme e ir a diez mil millas de casa a tirar bombas y balas al pueblo vietnamita, cuando a los negros de Louisville son tratados como perros y se les niegan sus simples derechos humanos? (…) No voy a deshonrar mi religión, mi gente o a mí mismo convirtiéndome en una herramienta para esclavizar a aquellos que luchan por su propia justicia, libertad e igualdad. Si pensara que la guerra iba a traer libertad e igualdad a mi gente, no necesitarían pedirme que me enlistara: yo mismo lo haría de inmediato”. Agregó: “No tengo ningún problema con el Vietcong. Nadie ahí me ha visto con desprecio llamándome nigger”Por supuesto, la osadía le costó cara. Se le despojó del título, se le prohibió boxear en Estados Unidos y se le amenazó con la cárcel. Para muchos era un desertor y un cobarde. Él dijo: “Mucha gente me advirtió que perdería millones de dólares por esta decisión. Pero no hay nada que perder por respaldar mis creencias. ¿Qué si voy a la cárcel? Mi gente y yo hemos estado encarcelados por cuatrocientos años”.
Racista al revésEnfermo de mal de Parkinson, Muhammad Alí mantiene aún ahora su agudeza y arrogancia. Cuando Will Smith le dijo que lo representaría en Alí (2001), respondió: “No eres tan bonito como yo”. Ante las dudas de que su mal haya sido causado por los golpes recibidos durante su carrera, se alzó de hombros: “De no haber sido boxeador me hubiera quedado en Louisville pintando casas”. Agregó: “Dios me dio esta enfermedad para recordarme que no soy el número uno; Él lo es”. En cuanto al box, lo definió de esta manera: “es un grupo de hombres blancos que presencian cómo dos negros se golpean”. Su legado no sólo es deportivo sino político. Es cierto, sus ideas y sus actitudes no siempre fueron loables. Su vida personal dejó en ciertas etapas mucho qué desear. “Mi pelea más dura fue contra mi primera esposa”. Fue, asimismo, un racista al revés: “Hay que matar a las mujeres negras que se acuestan con blancos”, declaró a Playboy. En él están las contradicciones humanas y sociales de su época. A pesar de ello, representa al verdadero luchador. “Siempre odié entrenar, pero me decía: no lo abandones. Sufre ahora y vive el resto de tu vida como un campeón”. En 2005, al instaurar la fundación por la paz y la justicia que lleva su nombre en la Universidad de Louisville, afirmó: “Mi vida empieza realmente ahora, luchando contra el racismo, la injusticia, el analfabetismo, la pobreza. Uso este rostro que todo mundo conoce tan bien para luchar por la verdad”. Es su mejor golpe, sin duda.
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