El gusanillo del juego
>Reno es the biggest little town in the world. Nunca he sabido cómo traducirlo. ¿El más grande pequeño pueblo del mundo? ¿El pueblito más grande del mundo? ¿El pueblotote? Me doy por vencido. En su calle principal, Virginia Street, hay un arco iluminado con esa leyenda. Está cerca de las vías del tren, junto a los grandes y pequeños casinos del centro. Su nombre no se debe a esa “especie de ciervo de los países septentrionales, con astas muy ramosas lo mismo el macho que la hembra, y pelaje espeso”, como lo define el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española. No. La ciudad se llama así por el general Jesse Lee Reno, quien combatió en México en 1847 y murió en la guerra civil en la batalla de South Mountain, en 1862. Su apellido no tiene nada que ver con su significado en español. Es una adecuación inglesa del francés Reynaud. En 1868, un grupo de sus soldados -“remember Reno”, era su grito de guerra- bautizó con su nombre el asentamiento donde se ubicaron, a un lado del río Truckee. El río todavía cruza la ciudad. De hecho, en 1997 se desbordó, enlodando edificios y calles. En Reno viví un año. Conocí los calores del verano y los fríos del invierno. Grandes nevadas que no impedían la circulación de automóviles, equipados con clavos o cadenas en sus llantas. De Reno tengo buenos recuerdos de muchos de sus rincones. Virginia Lake, por ejemplo. Una cantina en lo alto de un cerro. Mi departamento, donde bebía buen bourbon y martinis al estilo James Bond. Y los casinos, claro. Mis favoritos eran el Silver Legacy, con su imitación mina del oeste y su estupendo buffett, el Nugget, y sobre todo, el Sheraton. En el penúltimo escuché a Tom Jones –las mujeres aventándole brassieres y pantaletas al escenario- y en el segundo a Santana y su Samba pa ti. Lo confieso, en Reno y Carson City y Lake Tahoe, aprendí lo que es el gusanillo del juego. Lo supe en carne propia. No faltaba momento en que no experimentara una seria compulsión por tentar mi suerte. Cualquier pretexto era bueno para ir al súper -necesitamos queso para la cena, ¿no es cierto?- y apostar uno o varios quarters en las máquinas tragamonedas. Mis favoritas eran las de video poker. Podía pasarme horas enteras jugando y apostando. Mi ex, para localizarme, me voceaba de casino en casino hasta dar con mi paradero. A ratos me iba bien y la mayor parte del tiempo mal. Mi inteligencia me decía: ya no juegues. Imposible. De ser rico, hubiera dilapidado mi fortuna de inmediato. No hay nada peor que querer jugar sin dinero. Hubiera podido vender hasta a mi esposa con tal de seguir jugando. Hoy me arrepiento de no haberlo hecho.
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